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Mostrando entradas de julio, 2020

La isla anhelada

Un pájaro amarillo llevaba semanas volando sobre el mar. Buscaba una isla donde, le habían dicho, existía una bonita fiesta.  Pero pasaban los días y no encontraba un poco de tierra para descansar. Si el pájaro no hubiera visto una isla a lo lejos, hubiera afirmado que el mundo solo era mar e islas lejanas entre sí. En la isla, solo había un árbol atiborrado de frutos. El pajarito necesitaba alimentarse bien y reponer sus fuerzas. Comió con frugalidad y descansó un momento. Después, descubrió que, en una de las ramas, dormía un pajarito azul. Lo despertó y, después de saludarse, le dijo: – Ven conmigo. Más adelante, en una isla, hay una bonita fiesta. El pájaro se entusiasmó y los dos dejaron la isla para dirigirse a la anhelada isla. Varias semanas, los dos pájaros volaron; y varias semanas no encontraron nada. Ni una gota de tierra. Comenzaban a cansarse, a sentirse incapaces de llegar a la isla anhelada. Avizoraban hacia abajo y recordaban lo peligroso que era caer al mar. ...

12 de mayo de 1958, Roy Bartholomew

Una sonrisa suave embellecía su rostro de señora de cincuenta y dos años. Se cumplían doce de la muerte de Pedro Henríquez Ureña. Lo recordamos y ella repitió lo que había dicho en 1946: por mi juventud, la pérdida era irreparable, pero nada borraría en mí el recuerdo de mi gran maestro. Vagué por el dormitorio. Los ojos de mi madre no se separaban de mí. Condenada por una cruel dolencia cardíaca, nunca manifestó fatiga ni quea alguna y fue fuente de vida y solidaridad para los demás. Cuando decidí retirarme, retuvo mis manos en las suyas y me dijo: No permitas que te destruyan. Me dormí pensando en esas palabras. Durante la noche soñé que cumplía diversas diligencias en la ciudad y en La Plata y que las mismas me angustiaban, aunque no presentaban modalidades que lo justificaran. A la mañana me avisaron que mi madre había muerto. Corrí al departamento de Viamonte de casi Maipú. Ya se estaban cumpliendo los primeros movimientos propios de tan triste circunstancia. En la primera pausa...

LA SENTENCIA, Wu Ch’eng-en (c. 1505-c. 1580).

 Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el, jardín bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo. Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperador lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido. Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron: -Cayó del cie...

EL DRAGÓN BLANCO, Adolfo Flores

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El dragón blanco no pudo volar más y cayó en una isla casi sin vida. Era tan orgulloso que, durante varios días, no había querido descansar en alguna isla. Pero el cansancio no tiene orgullo. Simplemente, el dragón se dejó caer. ¿De dónde provenía tan majestuosa criatura? Ni el sol tenía la seguridad de saberlo. ¿Hacia qué destino sus alas aleteaban? Solo lo vieron caer las criaturas de la isla y se acercaron, maravillados, por la belleza del dragón blanco. En la isla no había mucho, pero aun así estaba dispuestos a ayudar. Estuvo inconsciente por varios días. Lo observaban con mucha curiosidad, pues era la primera vez que llegaba una criatura así. Todos fueron bondadosos. Rumiaban alguna planta y la rociaban en las heridas abiertas. Las aves volaban al otro lado de la isla y volvían con plantas extrañas. Se humedecían el pico con la savia y picoteaban las heridas. Las heridas cicatrizaron y dragón blanco volvió a la vida. Sin percatarse de nadie, miró el vasto cielo y ...