EL DRAGÓN BLANCO, Adolfo Flores

El dragón blanco no pudo volar más y cayó en una isla casi sin vida.

Era tan orgulloso que, durante varios días, no había querido descansar en alguna isla. Pero el cansancio no tiene orgullo. Simplemente, el dragón se dejó caer.

¿De dónde provenía tan majestuosa criatura? Ni el sol tenía la seguridad de saberlo. ¿Hacia qué destino sus alas aleteaban?

Solo lo vieron caer las criaturas de la isla y se acercaron, maravillados, por la belleza del dragón blanco.

En la isla no había mucho, pero aun así estaba dispuestos a ayudar.

Estuvo inconsciente por varios días.

Lo observaban con mucha curiosidad, pues era la primera vez que llegaba una criatura así. Todos fueron bondadosos. Rumiaban alguna planta y la rociaban en las heridas abiertas.

Las aves volaban al otro lado de la isla y volvían con plantas extrañas. Se humedecían el pico con la savia y picoteaban las heridas.

Las heridas cicatrizaron y dragón blanco volvió a la vida. Sin percatarse de nadie, miró el vasto cielo y se fue volando. Se fue sin agradecer si quiera, parecían decirse las criaturas.

Pero cambiaron de opinión al ver cómo todo florecía a su alrededor. ¿Qué había sucedido?  

No demoraron en comprender lo que pasaba. La sangre del dragón blanco había agradecido a las criaturas, pues los dragones nunca dominaron el arte de la cortesía.

 


   





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